LAS VÍBORAS…

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¡QUIÉN INVADIÓ A QUIÉN!

Cada vez que un cocodrilo ataca a una persona en Puerto Vallarta, las redes sociales se convierten en una auténtica selva… pero de opiniones. Ahí aparecen los expertos en reptiles, los abogados de los cocodrilos, los cazadores de teclado, los ambientalistas de ocasión y, por supuesto, quienes exigen que “los maten a todos”, como si el problema hubiera comenzado apenas el viernes pasado.

LO LAMENTABLE

La muerte del joven turista mexicano de apenas 28 años, ocurrida frente al hotel Marriott y cuyo cuerpo fue localizado a 300 metros frente al estero de Boca Negra, es una tragedia que duele. Ninguna vida humana vale menos que otra y, antes que cualquier análisis, corresponde expresar solidaridad con su familia.

LA PREGUNTA INCOMODA

Pero una vez pasada la conmoción, viene la pregunta incómoda, esa que nadie quiere responder porque resulta más fácil buscar un culpable con cuatro patas y muchos dientes: ¿Quién invadió a quién?
Porque conviene recordar algo que a veces olvidamos entre tanto concreto, desarrollos turísticos y fotografías para Instagram: el Estero de El Salado estaba aquí muchísimo antes que nosotros. Muchísimo antes que los hoteles, las marinas, las avenidas y los condominios con vista al atardecer.
El cocodrilo no llegó de invasor. Nosotros llegamos a construir en el vecindario del cocodrilo.

MIS AÑOS EN “LA PESQUERA”

Todavía recuerdo mis años de secundaria en la inolvidable “Pesquera”. Más de una vez nos tocó cruzar nadando el estero de El Salado. Y sí, ahí estaban los cocodrilos. Los veíamos. Sabíamos que existían. Nadie pensaba que fueran mascotas, pero tampoco monstruos de película. Les teníamos respeto. Mucho respeto.
La regla era sencilla: ellos allá… nosotros acá. Hoy pareciera que queremos borrar esa línea.

LA IMPRUDENCIA

Es verdad que han ocurrido ataques. Ahí están los registros, las fotografías y las notas periodísticas para demostrarlo. Pero también es cierto que, en la enorme mayoría de los casos, aparece un ingrediente llamado imprudencia. El que decide nadar de madrugada donde existen advertencias. El que intenta acercarse para tomarse la selfie del año. El que cree que un cocodrilo reacciona como un perro cansado después de comer. O el héroe improvisado que piensa que puede desafiar a un reptil que lleva millones de años perfeccionando el oficio de sobrevivir.

APRENDER DE LA TRAGEDIA

No se trata de culpar a las víctimas. Se trata de aprender de las tragedias para evitar que se repitan.
Porque si la solución consiste en exterminar a todos los cocodrilos, la siguiente pregunta será igual de incómoda: ¿y cuando invadamos otro ecosistema, también exterminaremos a quienes vivan ahí?

LA BIODIVERSIDAD

Puerto Vallarta presume con orgullo su biodiversidad. Vendemos al mundo nuestras montañas, nuestras ballenas, nuestros manglares, nuestras aves y nuestros esteros. Nos encanta presumir que vivimos rodeados de naturaleza… hasta que la naturaleza nos recuerda que sigue siendo naturaleza… entonces ya no nos gusta tanto.
Los cocodrilos no leen reglamentos municipales. No distinguen entre turistas y vallartenses. No saben dónde termina la playa concesionada y dónde empieza el estero. Mucho menos entienden de temporadas vacacionales.

EL VERDADERO DEBATE

Simplemente hacen lo que han hecho desde hace miles de años: vivir en su hábitat. Tal vez el verdadero debate no sea si debemos sacar a los cocodrilos.
Tal vez el debate sea cómo aprendemos nosotros a convivir con ellos de manera responsable, fortaleciendo la vigilancia, la señalización, la educación ambiental y el sentido común, que últimamente parece estar más en peligro de extinción que los propios reptiles.

EL DESTINO TURÍSTICO

Porque, aunque suene duro decirlo, el cocodrilo nunca nos declaró la guerra. Simplemente sigue viviendo en la casa que nosotros decidimos convertir en destino turístico.
Y esa, mis queridos lectores… es una mordida de realidad mucho más difícil de digerir que cualquier otra.

¡QUIÉN INVADIÓ A QUIÉN!

Cada vez que un cocodrilo ataca a una persona en Puerto Vallarta, las redes sociales se convierten en una auténtica selva… pero de opiniones. Ahí aparecen los expertos en reptiles, los abogados de los cocodrilos, los cazadores de teclado, los ambientalistas de ocasión y, por supuesto, quienes exigen que “los maten a todos”, como si el problema hubiera comenzado apenas el viernes pasado.

LO LAMENTABLE

La muerte del joven turista mexicano de apenas 28 años, ocurrida frente al hotel Marriott y cuyo cuerpo fue localizado a 300 metros frente al estero de Boca Negra, es una tragedia que duele. Ninguna vida humana vale menos que otra y, antes que cualquier análisis, corresponde expresar solidaridad con su familia.

LA PREGUNTA INCOMODA

Pero una vez pasada la conmoción, viene la pregunta incómoda, esa que nadie quiere responder porque resulta más fácil buscar un culpable con cuatro patas y muchos dientes: ¿Quién invadió a quién?
Porque conviene recordar algo que a veces olvidamos entre tanto concreto, desarrollos turísticos y fotografías para Instagram: el Estero de El Salado estaba aquí muchísimo antes que nosotros. Muchísimo antes que los hoteles, las marinas, las avenidas y los condominios con vista al atardecer.
El cocodrilo no llegó de invasor. Nosotros llegamos a construir en el vecindario del cocodrilo.

MIS AÑOS EN “LA PESQUERA”

Todavía recuerdo mis años de secundaria en la inolvidable “Pesquera”. Más de una vez nos tocó cruzar nadando el estero de El Salado. Y sí, ahí estaban los cocodrilos. Los veíamos. Sabíamos que existían. Nadie pensaba que fueran mascotas, pero tampoco monstruos de película. Les teníamos respeto. Mucho respeto.
La regla era sencilla: ellos allá… nosotros acá. Hoy pareciera que queremos borrar esa línea.

LA IMPRUDENCIA

Es verdad que han ocurrido ataques. Ahí están los registros, las fotografías y las notas periodísticas para demostrarlo. Pero también es cierto que, en la enorme mayoría de los casos, aparece un ingrediente llamado imprudencia. El que decide nadar de madrugada donde existen advertencias. El que intenta acercarse para tomarse la selfie del año. El que cree que un cocodrilo reacciona como un perro cansado después de comer. O el héroe improvisado que piensa que puede desafiar a un reptil que lleva millones de años perfeccionando el oficio de sobrevivir.

APRENDER DE LA TRAGEDIA

No se trata de culpar a las víctimas. Se trata de aprender de las tragedias para evitar que se repitan.
Porque si la solución consiste en exterminar a todos los cocodrilos, la siguiente pregunta será igual de incómoda: ¿y cuando invadamos otro ecosistema, también exterminaremos a quienes vivan ahí?

LA BIODIVERSIDAD

Puerto Vallarta presume con orgullo su biodiversidad. Vendemos al mundo nuestras montañas, nuestras ballenas, nuestros manglares, nuestras aves y nuestros esteros. Nos encanta presumir que vivimos rodeados de naturaleza… hasta que la naturaleza nos recuerda que sigue siendo naturaleza… entonces ya no nos gusta tanto.
Los cocodrilos no leen reglamentos municipales. No distinguen entre turistas y vallartenses. No saben dónde termina la playa concesionada y dónde empieza el estero. Mucho menos entienden de temporadas vacacionales.

EL VERDADERO DEBATE

Simplemente hacen lo que han hecho desde hace miles de años: vivir en su hábitat. Tal vez el verdadero debate no sea si debemos sacar a los cocodrilos.
Tal vez el debate sea cómo aprendemos nosotros a convivir con ellos de manera responsable, fortaleciendo la vigilancia, la señalización, la educación ambiental y el sentido común, que últimamente parece estar más en peligro de extinción que los propios reptiles.

EL DESTINO TURÍSTICO

Porque, aunque suene duro decirlo, el cocodrilo nunca nos declaró la guerra. Simplemente sigue viviendo en la casa que nosotros decidimos convertir en destino turístico.
Y esa, mis queridos lectores… es una mordida de realidad mucho más difícil de digerir que cualquier otra.