¡VAYA DÍA QUE VIVIMOS!
¡Vaya domingo que el que le tocó a Jalisco! Mientras en la costa había que mantener un ojo en el huracán Simón, en Guadalajara el gobierno de Pablo Lemus Navarro tenía que enfrentar otra tormenta, menos meteorológica y bastante más política: la indignación ciudadana por el agua sucia que sale de las llaves.
Dos rutas, dos problemas y una misma responsabilidad: la del gobierno de Jalisco.
LA NATURALEZA
Por un lado, la naturaleza, que no pide permiso ni consulta agendas oficiales antes de amenazar las costas. Por el otro, miles de ciudadanos que salieron a las calles para exigir algo que debería ser tan elemental como abrir la llave y recibir agua limpia. ¡Vaya lujo que se ha vuelto lo básico!
LA JUSTA DEMANDA
La marcha, que reunió a cerca de 10 mil personas, comenzó como una manifestación pacífica. Familias, ciudadanos y voces inconformes recorrieron el trayecto de la Glorieta de La Minerva hacia Casa Jalisco para reclamar por la calidad del agua. No pedían un monumento, ni una obra faraónica, ni que les construyeran una fuente con luces de colores. Pedían agua limpia.
LA CAGO EL GALLO
Pero, como suele ocurrir en este tipo de movilizaciones, apareció el llamado bloque negro, ese grupo que termina asociado con episodios de violencia y que, una vez más, contribuyó a que una protesta legítima quedara empañada por los enfrentamientos.
Y aquí conviene detenerse: la presencia de estos grupos no debe servir para descalificar a todos los manifestantes, ni para borrar el motivo que los llevó a las calles. Quien salió a exigir agua de calidad no puede cargar automáticamente con los actos de quien decidió recurrir a la violencia.
SEA QUIEN SEA
Tampoco sería correcto pasar por alto la actuación policial. Si hubo agresiones o posibles abusos de autoridad, también deben investigarse. La ley no puede ser exigente para unos y complaciente para otros.
Este lunes 12 de octubre, el gobernador Pablo Lemus reconoció que el domingo fue un día difícil para Jalisco. Lamentó que la violencia opacara una manifestación que durante horas se desarrolló pacíficamente y aseguró que tanto las agresiones como los posibles abusos policiales serían investigados con rigor y sin excepciones.
La postura suena correcta. Ahora falta que los hechos la respalden.
ESPERAN SOLUCIONES
Porque mientras en la costa la prioridad era atender los riesgos del huracán Simón, en Guadalajara el problema no se disipaba con una declaración ni con el retiro de los antimotines. La inconformidad por el agua sigue ahí, esperando soluciones que puedan comprobarse en los hogares, no solamente en los discursos.
Y es que un gobierno puede enfrentar emergencias naturales, movilizaciones sociales y hasta jornadas complicadas; lo que no puede hacer es confundir el control de una protesta con la solución de sus causas.
QUE RESPONDAN
En esta ocasión, la lección tiene dos vertientes: al llamado “bloque negro”, que responda por sus actos; a las autoridades, que garanticen el derecho a manifestarse y rindan cuentas si alguien se excedió en el uso de la fuerza.
Y al gobierno estatal, que no pierda de vista lo verdaderamente importante: que el agua llegue limpia.
Porque los jaliscienses podrán entender que contra un huracán no hay gobierno que pueda negociar. Lo que cuesta más trabajo entender es por qué, en pleno siglo XXI, tienen que salir a la calle para exigir que el agua que reciben en sus casas no sea otra tormenta.
Y ahí, mis queridas víboras, está el verdadero fondo del asunto: el huracán Simón pasará; la inconformidad por el agua seguirá mientras no haya soluciones. Y esa tormenta, a diferencia de la meteorológica, sí está en manos del gobierno.
¡VAYA DÍA QUE VIVIMOS!
¡Vaya domingo que el que le tocó a Jalisco! Mientras en la costa había que mantener un ojo en el huracán Simón, en Guadalajara el gobierno de Pablo Lemus Navarro tenía que enfrentar otra tormenta, menos meteorológica y bastante más política: la indignación ciudadana por el agua sucia que sale de las llaves.
Dos rutas, dos problemas y una misma responsabilidad: la del gobierno de Jalisco.
LA NATURALEZA
Por un lado, la naturaleza, que no pide permiso ni consulta agendas oficiales antes de amenazar las costas. Por el otro, miles de ciudadanos que salieron a las calles para exigir algo que debería ser tan elemental como abrir la llave y recibir agua limpia. ¡Vaya lujo que se ha vuelto lo básico!
LA JUSTA DEMANDA
La marcha, que reunió a cerca de 10 mil personas, comenzó como una manifestación pacífica. Familias, ciudadanos y voces inconformes recorrieron el trayecto de la Glorieta de La Minerva hacia Casa Jalisco para reclamar por la calidad del agua. No pedían un monumento, ni una obra faraónica, ni que les construyeran una fuente con luces de colores. Pedían agua limpia.
LA CAGO EL GALLO
Pero, como suele ocurrir en este tipo de movilizaciones, apareció el llamado bloque negro, ese grupo que termina asociado con episodios de violencia y que, una vez más, contribuyó a que una protesta legítima quedara empañada por los enfrentamientos.
Y aquí conviene detenerse: la presencia de estos grupos no debe servir para descalificar a todos los manifestantes, ni para borrar el motivo que los llevó a las calles. Quien salió a exigir agua de calidad no puede cargar automáticamente con los actos de quien decidió recurrir a la violencia.
SEA QUIEN SEA
Tampoco sería correcto pasar por alto la actuación policial. Si hubo agresiones o posibles abusos de autoridad, también deben investigarse. La ley no puede ser exigente para unos y complaciente para otros.
Este lunes 12 de octubre, el gobernador Pablo Lemus reconoció que el domingo fue un día difícil para Jalisco. Lamentó que la violencia opacara una manifestación que durante horas se desarrolló pacíficamente y aseguró que tanto las agresiones como los posibles abusos policiales serían investigados con rigor y sin excepciones.
La postura suena correcta. Ahora falta que los hechos la respalden.
ESPERAN SOLUCIONES
Porque mientras en la costa la prioridad era atender los riesgos del huracán Simón, en Guadalajara el problema no se disipaba con una declaración ni con el retiro de los antimotines. La inconformidad por el agua sigue ahí, esperando soluciones que puedan comprobarse en los hogares, no solamente en los discursos.
Y es que un gobierno puede enfrentar emergencias naturales, movilizaciones sociales y hasta jornadas complicadas; lo que no puede hacer es confundir el control de una protesta con la solución de sus causas.
QUE RESPONDAN
En esta ocasión, la lección tiene dos vertientes: al llamado “bloque negro”, que responda por sus actos; a las autoridades, que garanticen el derecho a manifestarse y rindan cuentas si alguien se excedió en el uso de la fuerza.
Y al gobierno estatal, que no pierda de vista lo verdaderamente importante: que el agua llegue limpia.
Porque los jaliscienses podrán entender que contra un huracán no hay gobierno que pueda negociar. Lo que cuesta más trabajo entender es por qué, en pleno siglo XXI, tienen que salir a la calle para exigir que el agua que reciben en sus casas no sea otra tormenta.
Y ahí, mis queridas víboras, está el verdadero fondo del asunto: el huracán Simón pasará; la inconformidad por el agua seguirá mientras no haya soluciones. Y esa tormenta, a diferencia de la meteorológica, sí está en manos del gobierno.
¡VAYA DÍA QUE VIVIMOS!
¡Vaya domingo que el que le tocó a Jalisco! Mientras en la costa había que mantener un ojo en el huracán Simón, en Guadalajara el gobierno de Pablo Lemus Navarro tenía que enfrentar otra tormenta, menos meteorológica y bastante más política: la indignación ciudadana por el agua sucia que sale de las llaves.
Dos rutas, dos problemas y una misma responsabilidad: la del gobierno de Jalisco.
LA NATURALEZA
Por un lado, la naturaleza, que no pide permiso ni consulta agendas oficiales antes de amenazar las costas. Por el otro, miles de ciudadanos que salieron a las calles para exigir algo que debería ser tan elemental como abrir la llave y recibir agua limpia. ¡Vaya lujo que se ha vuelto lo básico!
LA JUSTA DEMANDA
La marcha, que reunió a cerca de 10 mil personas, comenzó como una manifestación pacífica. Familias, ciudadanos y voces inconformes recorrieron el trayecto de la Glorieta de La Minerva hacia Casa Jalisco para reclamar por la calidad del agua. No pedían un monumento, ni una obra faraónica, ni que les construyeran una fuente con luces de colores. Pedían agua limpia.
LA CAGO EL GALLO
Pero, como suele ocurrir en este tipo de movilizaciones, apareció el llamado bloque negro, ese grupo que termina asociado con episodios de violencia y que, una vez más, contribuyó a que una protesta legítima quedara empañada por los enfrentamientos.
Y aquí conviene detenerse: la presencia de estos grupos no debe servir para descalificar a todos los manifestantes, ni para borrar el motivo que los llevó a las calles. Quien salió a exigir agua de calidad no puede cargar automáticamente con los actos de quien decidió recurrir a la violencia.
SEA QUIEN SEA
Tampoco sería correcto pasar por alto la actuación policial. Si hubo agresiones o posibles abusos de autoridad, también deben investigarse. La ley no puede ser exigente para unos y complaciente para otros.
Este lunes 12 de octubre, el gobernador Pablo Lemus reconoció que el domingo fue un día difícil para Jalisco. Lamentó que la violencia opacara una manifestación que durante horas se desarrolló pacíficamente y aseguró que tanto las agresiones como los posibles abusos policiales serían investigados con rigor y sin excepciones.
La postura suena correcta. Ahora falta que los hechos la respalden.
ESPERAN SOLUCIONES
Porque mientras en la costa la prioridad era atender los riesgos del huracán Simón, en Guadalajara el problema no se disipaba con una declaración ni con el retiro de los antimotines. La inconformidad por el agua sigue ahí, esperando soluciones que puedan comprobarse en los hogares, no solamente en los discursos.
Y es que un gobierno puede enfrentar emergencias naturales, movilizaciones sociales y hasta jornadas complicadas; lo que no puede hacer es confundir el control de una protesta con la solución de sus causas.
QUE RESPONDAN
En esta ocasión, la lección tiene dos vertientes: al llamado “bloque negro”, que responda por sus actos; a las autoridades, que garanticen el derecho a manifestarse y rindan cuentas si alguien se excedió en el uso de la fuerza.
Y al gobierno estatal, que no pierda de vista lo verdaderamente importante: que el agua llegue limpia.
Porque los jaliscienses podrán entender que contra un huracán no hay gobierno que pueda negociar. Lo que cuesta más trabajo entender es por qué, en pleno siglo XXI, tienen que salir a la calle para exigir que el agua que reciben en sus casas no sea otra tormenta.
Y ahí, mis queridas víboras, está el verdadero fondo del asunto: el huracán Simón pasará; la inconformidad por el agua seguirá mientras no haya soluciones. Y esa tormenta, a diferencia de la meteorológica, sí está en manos del gobierno.

