¿Y TODO PARA QUÉ?
Cierto día uno de mis tres hijos me dijo: Papá, te cuento un chiste, por supuesto le dije que si, mientras conducía el vehículo.
-“Sabes que ya no se llama Puerto Vallarta, ahora se llama Oxxo Vallarta”.
Al tiempo que esboce una sonrisa por la ingenuidad del chiste, pero ahora traído a la realidad que estamos viviendo, suena a predicción , veamos y analicemos el porqué.
Hay una fiebre que anda recorriendo Puerto Vallarta. No da tos, no provoca calentura y tampoco la detecta el Sector Salud. Se llama “concretitis aguda” y sus síntomas son fáciles de identificar: donde ayer había una ladera, hoy hay una torre; donde existía un árbol, mañana habrá un estacionamiento; y donde antes el horizonte era verde, ahora lo tapan los edificios.
YA NO QUEDA NADA
Hay quienes presumen que vamos camino a convertirnos en el Miami mexicano.
Aquí la pregunta obligada es: ¿de veras queremos parecernos a Miami o estamos dejando de parecernos a Puerto Vallarta?
Hace apenas unas décadas la historia era muy distinta. Existían reglas que se respetaban. No eran caprichos, eran normas que protegían la personalidad de este destino.
PARTE DE NUESTRA IDENTIDAD
Los techos de teja no eran una ocurrencia de algún arquitecto romántico; eran parte de la identidad vallartense. Las fachadas blancas, los balcones, las calles empedradas y la altura limitada permitían que las montañas siguieran abrazando la bahía y que el paisaje hablara por sí solo.
Ese Puerto Vallarta fue el que inmortalizaron artistas como Manuel Lepe Macedo, con esos cuadros llenos de casitas de techos rojos, iglesias, bugambilias y mar; el mismo que Ada Colorina ha sabido retratar con la esencia, el color y el alma de nuestra tierra.
Hoy, si Manuel Lepe regresara con su caballete, quizá tendría que cambiar los pinceles por un dron para alcanzar a pintar los nuevos edificios.
LO DE MODA
Porque lo que antes estaba prohibido, hoy parece estar de moda.
Los cerros dejaron de ser paisaje para convertirse en inventario inmobiliario.
Las restricciones de altura se fueron haciendo cada vez más flexibles.
Y el respeto por la imagen urbana terminó perdiendo la batalla frente al valor del metro cuadrado.
LO QUE NECESITAMOS
Nadie está peleado con el desarrollo. Puerto Vallarta necesita crecer, atraer inversión y generar empleo.
Lo que resulta preocupante es que el crecimiento parezca ir varios pisos arriba de la planeación.
Porque cada torre nueva no sólo vende departamentos, también consume agua, genera tráfico, exige drenaje, demanda electricidad… y produce basura.
Y ejerce una presión enorme sobre servicios públicos que desde hace tiempo muestran señales de agotamiento.
CUANDO DEJARÁ
Mientras algunos brindan por la inauguración de un nuevo desarrollo, miles de familias siguen preguntándose cuándo dejará de faltarles el agua en sus colonias.
Y esa es la diferencia entre crecer y simplemente construir.
Miami podrá tener cientos de rascacielos, pero también tiene una infraestructura acorde con ese modelo urbano. Puerto Vallarta, en cambio, parece querer copiar la fotografía sin haber revelado primero el negativo.
Aquí primero se levanta la torre y luego nos preguntamos si alcanza el agua.
LA NATURALEZA NO
Primero se vende el penthouse y después vemos cómo resolvemos el tráfico.
Primero se autoriza el proyecto… y al final descubrimos que la naturaleza pasó la factura.
Porque la naturaleza no recibe sobornos, los mantos acuíferos no entienden de permisos.
Los cerros tampoco distinguen entre un inversionista y un vecino cuando comienzan los deslaves.
NUESTRA IDENTIDAD
Puerto Vallarta no conquistó al mundo por sus edificios. Lo hizo por su identidad.
Por ese encanto que hoy corre el riesgo de quedar sepultado bajo toneladas de concreto.
Ojalá quienes hoy autorizan el crecimiento recuerden que administrar una ciudad no consiste solamente en firmar permisos.
También significa proteger aquello que no puede volver a construirse.
Porque una torre puede levantarse en un par de años.
Pero recuperar el alma de Puerto Vallarta podría tomar generaciones. Y cuidado…
EL MONUMENTO
Porque el día que dejemos de parecer Puerto Vallarta para intentar ser Miami u otra ciudad con rascacielos, quizá descubramos que perdimos lo único que hacía imposible compararnos con cualquier otra urbe.
Las torres pueden tocar el cielo… pero si secan la tierra y borran la historia, lo único que habrán construido será un monumento a la desmemoria.

