DE ROMA A VALLARTA
La columna de hoy será un tanto diferente, primero porque voy a tocar un tema muy significativo para mí, pero es mi deseo compartirlo con ustedes.
LA PASCUA HA SIDO
La Pascua siempre ha sido el latido más fuerte del cristianismo. Es el día en que la Iglesia entera recuerda que el sepulcro quedó vacío y que la muerte —ese límite que infunde miedo a la humanidad— fue vencida por un carpintero que eligió el amor como único poder. Este año, esa fuerza se sintió desde Roma hasta los rincones más sencillos de México.
EL PAPA LEO
En el Vaticano, el Papa León XIV realizó un gesto que conmovió al mundo católico: cargó la cruz de madera en las 14 estaciones del Viacrucis, una tradición que sus predecesores dejaron de realizar personalmente desde hace décadas. Ese acto no solo fue simbólico; fue pastoral. Fue un Papa recordándole al planeta que la fe se vive con los pies en la tierra y los hombros dispuestos a cargar el dolor ajeno. Muchos dijeron que se trató de un mensaje dirigido a una Iglesia herida, cansada, pero aún viva. Y tenían razón: fue un llamado a volver al origen, al sacrificio y a la esperanza.
SAN JOSE OBRERO
Esa misma noche, a miles de kilómetros, en la Iglesia de San José Obrero en Puerto Vallarta, el espíritu de la Pascua se encarnó en otro fuego: el Fuego Nuevo, que el presbítero José de Jesús Ulloa Macedo bendijo ante una comunidad reunida en silencio expectante. Con esa llama, se encendieron los cirios pascuales, símbolo de Cristo resucitado que irrumpe en la oscuridad, no con estruendo, sino con una luz que salva, guía y consuela.
ENCENDIDO DE CIRIOS
Quienes estuvieron allí lo saben: cuando se encendió el cirio principal, el templo respiró distinto. Las velas pasaron de mano en mano, de rostro en rostro, como si cada persona recibiera, no solo fuego, sino una misión. Porque eso es la Pascua: una misión, no un recuerdo.
AQUÍ SE CARGABA
Mientras en Roma el Papa cargaba la cruz, en Vallarta la comunidad cargaba la luz. Ahí está la belleza de la Iglesia: es universal, pero es íntima; es monumental, pero también humilde; puede estar en el Coliseo iluminado y al mismo tiempo en un barrio de Vallarta donde una familia prende su vela porque necesita creer que la vida tiene un propósito más grande.
¿DOGMA O CERTEZA?
La Resurrección no es solo un dogma: es la certeza de que Cristo vive y de que su victoria toca cada rincón del mundo. Y este año, quizá más que otros, la Iglesia nos ha recordado que la fe no es teoría: es fuego vivo.
El Papa León XIV nos mostró que la cruz aún se carga. La comunidad de San José Obrero nos mostró que la luz aún se transmite.
Y Cristo nos recuerda que la muerte no vence, nunca.



